Panem et spiritum

Manuel Toranzo / 07-07-2014 18:15:34

Artículo de opinión del Licenciado en Filosofía Manuel Toranzo.

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Tribuna Libre
El zodiaco político actual nos trae entre luces y sombra una nueva figura, un nuevo símbolo. Este es todo dinamismo y potencia, todo vigor y fuerza, todo voluntad –y qué cosa vale más que la voluntad-, todo esfuerzo. Y para colmo su nombre lleva inscrito la huella de la historia, amigos parece como si con Pablo Iglesias hubiera renacido la semilla fenecida del socialismo. Lo cierto es que dada la situación política actual necesitamos a un aborigen venido de otro mundo, a un alienígena como este hombre con vivaces ansías destructoras; sí, para cambiar algo lo primero que hay que hacer es derruir eso que se quiere cambiar, hay que crear un hueco en el útero social para que el sistema nuevo pueda ver la luz. Sin querer denostar la figura de un personaje –en mi opinión- tan necesario, si quisiera ponerlo en su lugar dentro de la situación política vigente: su posición es la del bárbaro. No se tome esto en un sentido peyorativo, porque quizá sea una de las pocas posiciones auténticas dentro del mundo político actual, el resto son pura farsa. Su actividad consiste en derrumbar el aparato político, la infraestructura política de nuestra sociedad española. No es poco lo que busca, pero tampoco –pienso- será capaz de mucho más. 

Lo que destruye, lo que siempre acaba con las cosas es el odio, y Pablo Iglesias tiene odio a raudales por eso que llama –utilizando un vocablo ancestral por mucho que moleste a los que para conocer el significado de una palabra se dirigen a ese cementerio lingüístico que es el diccionario- “la casta”. Por “la casta” –palabra que ya utilizaban Joaquín Costa o Damián Isern- entiende aquella clase política que usufructúa una sería de beneficios y que, en fin, hace de la política un juego entre amigos –el caso de las revolving doors, o esas donaciones (des)interesadas que algunas corporaciones millonarias hacen a los partidos son ejemplos manifiestos de dicho compadreo-. En fin, como decíamos, el odio que siente Iglesias por dichas prebendas es tan grande y tan comprensible que casi podemos sentir su fulgurante aparición como un donativo divino, no en vano calza una melena al viento que recuerda a la del Mesías y su propio partido utilizada por doquier su imagen como efigie: está claro que “Podemos” no es un partido iconoclasta. Pablo Iglesias se encuentra con el mazo cargado y preparado para atizar el cuerpo raquítico del organigrama político español. 

Ahora bien, si a su fuerza destructiva apenas se le otea un límite, su poder constructivo no llega a vislumbrase. No me vengáis con que tiene un programa, yo hablo de algo más radical, más profundo, algo anterior al programa. Hablo, justamente, de su capacidad de unir a los españoles, no ya en vista de la destrucción de una estructura política corrupta, sino en la construcción de la empresa común que es toda sociedad. Fijémonos bien que mientras la primera labor es meramente destructiva, la segunda es la positiva, o sea, la auténticamente constructiva –sin menoscabo de la que primera sea condición de posibilidad de la segunda-. Quizá el error de Pablo Iglesias no sea más que el error de todo socialismo marxista: la tiranía de lo económico. Me parece muy bien que se quieran crear mecanismos, infraestructuras y medidas que proporcionen un justo y equilibrado reparto de la riqueza. Empero, me parece muy mal que ese sea justamente el fin de la política. Ese reparto equitativo de la riqueza tiene que ser únicamente un medio, y como todo medio su éxito se subordina al éxito del fin al que sirve. Una vez conseguido ese equilibrio económico, ¿qué hacemos? ¿nos cruzamos de brazos? En rigor, una sociedad que llega a su término es una sociedad que está muerta. Por eso mismo los fines a los que se tiene que subordinar la sociedad son mucho más elásticos, mucho más hondos que un mero reparto equitativo de la riqueza. El comunismo –como nos enseño Platón- no es un fin, sino un medio para que el individuo se desarrolle culturalmente. El objetivo social, por tanto, no puede ser más que el progresivo aumento espiritual de la sociedad, su educación, su culturización. Al final –tenemos que volver una vez más la vista a Platón, aunque siempre con reservas- la política resulta ser pedagogía más que economía. Panem et circenses decía la locución latina, no nos ofrezcáis doble de panem, sino triple de spiritum. 

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